martes, 4 de enero de 2011

Tres historias distintas y un único problema verdadero

Primera historia: si bebes no conduzcas
Hay personas que aseguran que el alcohol no perjudica su capacidad para conducir un vehículo. Otra gente dice que la carretera está llena de peligros y que el alcohol sólo es uno más y ni siquiera el más importante. La persona que se toma una copa lo hace porque le gusta y no con la intención de provocar daños a otros. Pero el peligro existe. Por tanto, las sociedades modernas han restringido la posibilidad de conducir tras haber ingerido alcohol. Han decidido coartar una libertad individual para elevar el nivel de seguridad colectiva.

Segunda historia: ¿dónde puedo fumar?
El fumador no enciende un cigarrillo para molestar a otros usuarios del mismo espacio. Sin embargo, lo hace. En consecuencia, se ha pasado de fumar en cualquier lugar a no poder fumar en casi ninguno. Se trata de nuevo de una restricción a la libertad individual buscando satisfacer un deseo colectivo.

Tercera historia: probablemente el humo de los coches sea más dañino que el del tabaco
El usuario de un automóvil lo usa para transportarse de forma cómoda no para intoxicar a los vecinos. No obstante, en alguna medida lo hace. Cualquiera que haya pasado un rato en un local cerrado con un coche arrancado entenderá que el humo del coche es, en algunos aspectos, más dañino que el del tabaco. En consecuencia, a día de hoy ya existen tímidas  medidas que restringen la libertad de usar un vehículo: se prohíbe el uso del automóvil en diversos lugares y se regulan sus emisiones.

Estas tres historias distintas tienen en común un problema verdadero. A menudo consumimos bienes  cuyo uso produce bienestar a la persona que los consume pero que no producen ni bienestar ni malestar a las personas que no lo consumen (un naranja). En cambio, existen otros bienes, cuyo consumo produce bienestar a la persona que toma la decisión de consumo pero malestar personas que no han tomado esa decisión (un cigarrillo en un restaurante).
En el primer tipo de bienes la persona toma una decisión y se beneficia de ella sin perjuicio de terceros. Tendemos a creer que no habría tomado la decisión si los beneficios no excediesen los costes. En el segundo, una persona toma una decisión, se beneficia de ella pero otras sufren un daño. Suele ser el caso que la persona que toma la decisión no tiene en cuenta el daño que le produce a otras personas.

La manera obvia aunque no única de mejorar el problema es poner restricciones en el uso del bien que molesta a los que no han decidido consumirlo. Los partidarios de la libertad suelen poner el grito en el cielo ante tal restricción. Sin embargo, sus argumentos se basan en un concepto un tanto vago de libertad. Por ejemplo ¿Puedo consumir libremente manzanas? No del todo. Tengo que pagarlas. Es decir, hay una restricción al consumo que nadie discute. De hecho, siempre se podría poner un precio al consumo de tabaco en un lugar que fuese tan disuasorio como cualquier ley. Sería muy complicado, por supuesto. ¿Sería eso una limitación a la libertad?

Una cuestión interesante es por qué la gente ve grandes diferencias entre las tres historias a pesar de tener un hilo conductor tan claro.  Una razón son las consecuencias del mal generado. Los accidentes de tráfico son una realidad instantánea y palpable. Los efectos de los humos son más sutiles y a más largo plazo. Es posible que los humos de los coches sean más sutiles y tengan efectos a más largo plazo que los del tabaco por eso los intentos de regulación son timoratos. 
Otra razón son los costes de implementación. Más o menos moderados en los casos de las prohibiciones de alcohol y tabaco, muy grandes en el tema del uso del automóvil. 

6 comentarios:

  1. Todo esto me parece muy bien, y si quien impone esas normas supiera algo más de economía cotidiana, mejor nos iría. Lamentablemente, no creo que lo hagan por esas razones. Por ejemplo, ¿por qué es obligatorio usar el cinturón de seguridad?

    ResponderEliminar
  2. El cinturón de seguridad es un tema muy interesante. Supongo que hay algo de literatura sobre el tema pero hace tiempo que no la miro. Voy a tratar de dar una explicación.
    Imaginate que Frenando Alonso se niega a ponerse el cinturón de seguridad en las carreras. Pensaríamos que quien más pierde es él. Pero a Ferrari no le importa quién pierde más sino cuánto pierden ellos si se mata o queda mal herido. Por tanto, no me extrañaría nada que le pusiesen una multa tremenda si hace algo por el estilo. Una pregunta interesante es si no sería más práctico enseñarle las consecuencias de no ponerse el cinturón. Yo creo que no necesariamente. Todos sabemos que hay gente que le cuesta meterse algunas ideas en la cabeza por muy evidentes que sean.
    Yo creo que ambos fenómenos pueden estar detrás del interés estatal en el cinturón de seguridad.

    ResponderEliminar
  3. Está demostrado que el cinturón de seguridad reduce la mortalidad en caso de accidente. Y una muerte sale muy cara al Estado (hace años rondaba los seis millones de pesetas, creo recordar).

    ResponderEliminar
  4. Imponer un precio también es restringir la libertad, creo.

    ResponderEliminar
  5. Efectivamente, como consumidores el precio coarta nuestra libertad de ir a buenos restaurantes, tomar el mejor vino, pernoctar en hoteles de cinco estrellas y viajar con la mayor comodidad. Sin embargo, no se suele hablar mucho de ello.

    ResponderEliminar
  6. En cambio, a través del efecto Tullock, las externalidades de conducir indican que es más eficiente no obligar a ponerse el cinturón. Está documentado en dos artículos que hay menos accidentes cuando se conduce sin cinturón.

    El razonamiento es sencillo: ¿cómo conduciríamos si llevásemos un enorme pincho de metal en el volante apuntándonos al pecho? Seguro que impondríamos menos riesgos a los demás.

    ResponderEliminar