jueves, 13 de enero de 2011

La libertad de fumar en espacios públicos cerrados y la de cebar cerdos en una urbanización de lujo

Uno de los argumentos más falaces en contra de la prohibición de fumar en lugares públicos cerrados es el del ataque a la libertad. La palabra libertad se usa sin pensar mucho en su significado. Siguiendo la línea editorial de la segunda etapa del blog me centraré en los aspectos económicos del problema. En concreto, en una de las piedras angulares de la libertad: la propiedad privada.

Se trata de una norma social que restringe el uso de un bien a todas las personas con la excepción de su propietario. Es decir, la tan laudada propiedad privada consiste en una restricción a la libertad de todos para mejorar el bienestar de una persona. Se puede demostrar que bajo ciertas condiciones aumenta el bienestar general.

Me gustaría jugar un poco con el concepto de libertad en este ámbito. Imaginemos que me compro un chalet de lujo en la urbanización La Finca en Madrid. En concreto, el que está situado entre el de Mourinho y el de Cristiano Ronaldo. A continuación, compro unos cientos de cerdos y me pongo a engordarlos en el jardín y en las amplias estancias del chalet usando aromáticos piensos. Todo el mundo se da cuenta de que las cosas no pueden ser así. Sin embargo, la situación se parece mucho a la restricción de uso del tabaco. Siempre se podría argumentar que el vivir en esa urbanización es una opción personal y que ellos pueden ir a vivir a otro sitio si quieren.

Si mi ejemplo parece exagerado se puede buscar información sobre el síndrome de Diógenes que consiste en que un vecino decide de forma voluntaria convertir su casa en un vertedero de basuras. La cosa suele solucionarse con una lenta, tibia y tardía acción judicial.

Para los que gusten de pensar en implicaciones más profundas del caso que estoy describiendo propongo la siguiente línea de ataque.
Paso 1. Compro una casa en una urbanización de lujo por 1 unidad monetaria.
Paso 2. Instalo el cebadero de cerdos.
Paso 3. Un agente inmobiliario visita a los vecinos y les ofrece comprarlas por un décimo de una unidad monetaria.
Paso 3. Compro todas las viviendas por una décima parte de su valor, cierro el cebadero de cerdos y vendo las viviendas por una unidad monetaria.
Un punto interesante es que la ganancia del esquema aumenta con la virulencia de la molestia a los vecinos.

martes, 4 de enero de 2011

Tres historias distintas y un único problema verdadero

Primera historia: si bebes no conduzcas
Hay personas que aseguran que el alcohol no perjudica su capacidad para conducir un vehículo. Otra gente dice que la carretera está llena de peligros y que el alcohol sólo es uno más y ni siquiera el más importante. La persona que se toma una copa lo hace porque le gusta y no con la intención de provocar daños a otros. Pero el peligro existe. Por tanto, las sociedades modernas han restringido la posibilidad de conducir tras haber ingerido alcohol. Han decidido coartar una libertad individual para elevar el nivel de seguridad colectiva.

Segunda historia: ¿dónde puedo fumar?
El fumador no enciende un cigarrillo para molestar a otros usuarios del mismo espacio. Sin embargo, lo hace. En consecuencia, se ha pasado de fumar en cualquier lugar a no poder fumar en casi ninguno. Se trata de nuevo de una restricción a la libertad individual buscando satisfacer un deseo colectivo.

Tercera historia: probablemente el humo de los coches sea más dañino que el del tabaco
El usuario de un automóvil lo usa para transportarse de forma cómoda no para intoxicar a los vecinos. No obstante, en alguna medida lo hace. Cualquiera que haya pasado un rato en un local cerrado con un coche arrancado entenderá que el humo del coche es, en algunos aspectos, más dañino que el del tabaco. En consecuencia, a día de hoy ya existen tímidas  medidas que restringen la libertad de usar un vehículo: se prohíbe el uso del automóvil en diversos lugares y se regulan sus emisiones.

Estas tres historias distintas tienen en común un problema verdadero. A menudo consumimos bienes  cuyo uso produce bienestar a la persona que los consume pero que no producen ni bienestar ni malestar a las personas que no lo consumen (un naranja). En cambio, existen otros bienes, cuyo consumo produce bienestar a la persona que toma la decisión de consumo pero malestar personas que no han tomado esa decisión (un cigarrillo en un restaurante).
En el primer tipo de bienes la persona toma una decisión y se beneficia de ella sin perjuicio de terceros. Tendemos a creer que no habría tomado la decisión si los beneficios no excediesen los costes. En el segundo, una persona toma una decisión, se beneficia de ella pero otras sufren un daño. Suele ser el caso que la persona que toma la decisión no tiene en cuenta el daño que le produce a otras personas.

La manera obvia aunque no única de mejorar el problema es poner restricciones en el uso del bien que molesta a los que no han decidido consumirlo. Los partidarios de la libertad suelen poner el grito en el cielo ante tal restricción. Sin embargo, sus argumentos se basan en un concepto un tanto vago de libertad. Por ejemplo ¿Puedo consumir libremente manzanas? No del todo. Tengo que pagarlas. Es decir, hay una restricción al consumo que nadie discute. De hecho, siempre se podría poner un precio al consumo de tabaco en un lugar que fuese tan disuasorio como cualquier ley. Sería muy complicado, por supuesto. ¿Sería eso una limitación a la libertad?

Una cuestión interesante es por qué la gente ve grandes diferencias entre las tres historias a pesar de tener un hilo conductor tan claro.  Una razón son las consecuencias del mal generado. Los accidentes de tráfico son una realidad instantánea y palpable. Los efectos de los humos son más sutiles y a más largo plazo. Es posible que los humos de los coches sean más sutiles y tengan efectos a más largo plazo que los del tabaco por eso los intentos de regulación son timoratos. 
Otra razón son los costes de implementación. Más o menos moderados en los casos de las prohibiciones de alcohol y tabaco, muy grandes en el tema del uso del automóvil. 

viernes, 3 de diciembre de 2010

Krugman propone una bajada de salarios

Esta historia se repite cada poco. Paul Krugman menta a España en una charla o en su columna del New York Times y dice: la única salida a la crisis es la bajada de salarios. A continuación, un conjunto diverso de analistas se dedican a insultarle en los medios de comunicación. Yo creo que Krugman tiene razón y las críticas son débiles no ya desde un punto de vista económico sino incluso aritmético. 
Lo que Krugman dice es muy simple. Si fabricas un chisme al día y éste se vende por 3000 pesetas tú puedes ganar 3000 pesetas al día. Si aparece un competidor que fabrica un chisme al día por 1500 pesetas tienes dos opciones: bajar tu sueldo a 1500 pesetas o producir dos chismes al día.
El primer hecho curioso es que se critique la bajada de sueldos como forma de recuperar la competitividad cuando es lo que se ha venido haciendo durante varios años ya. Los desempleados que logran un nuevo empleo lo hacen con una bajada del sueldo, muchas empresas privadas han tomado esa decisión y los empleados públicos hemos sufrido una bajada de salarios. 
El segundo hecho curioso es que ni Krugman ni sus críticos españoles consideran factible fabricar dos chismes al día. Las opciones que he leído en los medios de comunicación españoles pasan por quitarle el Premio Nobel, impedir la entrada de competidores o pedir la dimisión del gobierno. De estas tres opciones, impedir la entrada de competidores es la que  menos me gusta. A medio plazo, suele conducir a producir medio chisme en vez de uno. Si una vez se logra impedir la entrada de un competidor se puede hacer más veces. 
Si se leyese con atención el argumento completo de Krugman se vería que hay una tercera pata: el tipo de cambio. Si produces un chisme por 3000 pesetas eso suponen  30 dólares (100 pesetas por dólar). Si aparece un competidor que produce un chisme a 15 dólares hay una opción distinta a bajar el salario o subir la productividad: subir el tipo de cambio a 200 pesetas por dólar. En ese caso, el chisme vuelve a costar 15 dólares y a ser competitivo. Para tranquilidad de todos, sin bajar los salarios y sin incrementar la productividad. 
Krugman se lamenta de que España no tenga esta posibilidad desde su entrada en el euro. La idea de bajar los salarios no agrada a nadie y de este modo se evita hacerlo. Por otra parte, los cambios de paridad de las monedas son instantáneos mientras que las bajadas de salarios tardan mucho tiempo y están sujetas a grandes dificultades políticas y sociales.
Un detalle sutil es que el incremento del tipo de cambio de 100 a 200 pesetas hace que los bienes importados cuesten el doble. Por tanto, la capacidad de compra del salario ha disminuido instantáneamente. En otras palabras, parece que se trata de elegir una bajada de salarios a lo largo de varios años en un proceso lento, largo y doloroso o reducir su capacidad de compra en un instante por medio del tipo de cambio. El tipo de cambio parece ser el mecanismo que puede bajar el salario esquivando todos los procesos políticos y negociadores de un país.
La añoranza continua de un tipo de cambio variable que haga los ajustes de salario sin negociación  parece un intento pueril de evitar el tema clave: la productividad. En otras palabras, se parece a tomar un analgésico para evitar un procedimiento médico curativo.  

martes, 23 de noviembre de 2010

Salidas profesionales para economistas: sanidad

El sector sanitario tiene un peso importante en los países desarrollados. Es razonable esperar que este peso crezca debido a que el cambio técnico permite tratar cada día más enfermedades, que la gente vive cada vez más años y tiene interés en vivir con mayor salud. 

Sin embargo, este crecimiento no está exento de problemas económicos que suponen un auténtico reto académico y empresarial. A continuación voy a proponer una serie de ideas económicas sobre este sector que pretenden fomentar el debate y mostrar a mis alumnos algunos de los desafíos a los que se enfrenta. 

Uno de los aspectos más apreciados de la sanidad española es su gratuidad. Es curioso, que se valore tanto una cualidad que no tiene. Los médicos son los profesionales mejor pagados del sector público, los medicamentos y el equipamiento no son nada baratos y sólo pensar en el coste de construir y gestionar un hotel con cientos de habitaciones da una idea de la carestía de la atención hospitalaria. Supongo que la idea que recoge el lenguaje popular es que no te cobran en el momento de proporcionar el servicio. Lo cual está muy bien porque los enfermos acuden al médico cuando lo necesitan y no más tarde cuando sería más caro o imposible curarles. Por otra parte, cobrar por cada servicio daría lugar a unas desigualdades de atención relacionadas con la renta que el público no acepta cuando se le muestran con esa crudeza. 

La cara oscura de este sistema de pago es su parecido con un bar que no cobre por las bebidas en el momento de consumirlas sino al día siguiente cuando reparte la cuenta a partes iguales entre todos los clientes. Ese sistema haría que se bebiese un poco más de la cuenta, que algunos bebiesen mucho más de la cuenta y que todos nos quedásemos asombrados cuando llegase la factura. 

Un efecto de este sistema de pago es la continua llamada a la contención de gasto. Para darse cuenta de lo extraño de la situación basta con pensar en una llamada del Ministro del ramo a la contención del gasto en transporte y hostelería durante el periodo vacacional. Con toda razón, habría una protesta por parte de los turistas y de los negocios que viven del turismo. Otra forma de darse cuenta de lo extraño de la preocupación por el gasto es la pregunta que el mortalmente enfermo económetra Zvi Griliches le hizo al economista de la salud David Cutler: ¿Qué te hace pensar que yo gasto demasiado en sanidad?

Otra cuestión interesante es la demonización del sistema americano. Ese sistema es nefasto para los ciudadanos que se quedan fuera de él y para los contribuyentes que terminan pagando la atención sanitaria tardía de esas personas. Adicionalmente, crea incentivos perversos para que las personas eviten a toda costa quedar al margen. Por ejemplo, un cambio de trabajo sería impensable si existiese alguna posibilidad de perder la cobertura sanitaria.  Pero hay dos características de ese sistema que nunca se mencionan:
1. Que muchos de nuestros conciudadanos acuden a él cuando falla el nuestro. El caso contrario es poco frecuente por no decir que nunca se ha dado.
2. Que la innovación que mejora nuestra calidad y expectativas de vida llega de la mano de ese sistema que nos empeñamos en demonizar. 

Finalizo analizando una propuesta reciente para reducir la demanda de servicios sanitarios: la factura. La idea básica es que una persona recibe una factura cada vez que va al  médico o recibe un servicio sanitario. Supongo que habrá una teoría sicológica sobre los efectos de esa factura en el comportamiento de un enfermo. Desde el punto de vista económico no parece que vaya a afectar el comportamiento a menos que se exija su pago total o parcial. Sin embargo, la propuesta sugiere preguntas muy interesantes. Por ejemplo: quién calcula y cómo el montante de esa factura. La atención de unos minutos por parte de un médico, el uso de un edificio que cuesta mucho construir pero que dura décadas y no se gasta por mi presencia o el uso de un equipamiento caro pero que pude servir a millones de personas durante muchos años, etc. Supongo que la primera tentación es mandar facturas tan arbitrarias como desorbitadas. Lo cual sería un error doble. Si en algún momento se obligase a pagar esa factura la gente tomaría una decisión sobre su uso basada en un coste erróneo. Es como si yo no comiese naranjas porque pensase que cuestan a 200 euros el kilo. Por otra parte, si nunca se exige su pago tiene una consecuencia muy curiosa: podemos comparar esa factura con la que nos emitiría un proveedor privado. 

Notas didácticas
1. El sector usa recursos escasos con usos alternativo. Algunos ejemplos serían el trabajo cualificado, los edificios, el equipamiento técnico o la información muy sofisticada. Los costes vienen determinados por el uso de un recurso con un uso alternativo y no por la existencia de un desembolso monetario inmediato.

2, Los precios sirven para regular el acceso a un recurso escaso. Cuanto más alto sea el precio más limitado será el acceso. La escasez no se elimina bajando el precio. La bajada de precio sólo elimina el papel del precio como regulador de la escasez. La escasez se elimina aumentando la cantidad del producto escaso. 

3. La preocupación del Ministro de Industria estaría justificada si el aumento del gasto en transporte y hostelería en las vacaciones se debiese a una subida de precios. En el sector turístico esperamos que la competencia entre proveedores limite esas subidas. Sin embargo, competencia es una palabra maldita en el sector sanitario y en otros servicios de provisión pública.

4. Se menciona la dificultad de calcular costes cuando se usan activos fijos difícilmente divisibles. 

viernes, 1 de octubre de 2010

El gobierno regional tira el dinero en lavadoras

El petróleo se agotará en algún momento de este siglo y mis alumnos pueden ser testigos. Yo les invito a que piensen en ese día aciago. En el momento de repostar los cien litros de gasolina del todo terreno de dos toneladas que usan para ir al gimnasio. Si se concentran pueden escuchar los estertores del surtidor cuando trata de bombear el último litro de combustible. Supongo que mi amigo Epi puede hacer un corto con esta escena y los electores votar con ella en mente pero, económicamente, no tiene mucho sentido.

Bastante antes de que se agote físicamente, el petróleo será cada vez más difícil de extraer. En nuestras visitas a la gasolinera notaremos que el combustible es cada vez más caro. Los conductores buscarán alternativas como usar menos el automóvil (caminar en vez de ir al gimnasio), comprar vehículos más pequeños, que usen menos combustible y, finalmente, que usen otro tipo de combustible. La disponibilidad de ese tipo de vehículos es el desarrollo normal de una industria basada en empresas que quieren seguir vendiendo coches y consumidores que quieren usarlos a pesar de que los combustibles fósiles sean cada vez más caros. En resumen, el modelo económico básico sugiere un mundo en que los pozos de petróleo sean abandonados con una cantidad física más que razonable de materia prima en su interior.

Por cierto, si no estuviésemos tan entretenidos admirando las hogueras de neumáticos en las autovías radiales “gratuitas” y cantando emotivos himnos mineros nos sería más fácil reconocer estas características en el carbón.  

El sábado pasado mi lavadora de once años se paró. En la tienda de electrodomésticos comprobé que las nuevas lavadoras no tenían un precio exagerado pero, sobre todo, gastan mucha menos electricidad. Una característica importante a la hora de tomar la decisión de repararla o retirarla. Pero los detalles más interesantes vienen a continuación:


1. Existe una subvención del gobierno regional de noventa euros para quien decida cambiar una lavadora vieja por una que ahorre energía. 

2. Esa subvención tiene un presupuesto asignado a principios de cada año y en este momento estaba agotada.

Es decir, salgo a hacer un recado y me encuentro al gobierno regional dando una subvención de dudosa utilidad, sin tener en cuenta las condiciones del ciudadano que las recibe y usando una cantidad arbitraria de dinero para ello. La subvención ataca el problema por el lado equivocado, produce efectos que espantarían a los electores si los entendiesen pero, sobre todo, está diseñada sin pensar en el fondo del problema. 




Lado equivocado del problema.

Con precios de electricidad crecientes los consumidores comprarán y las tiendas venderán modelos cada vez más eficientes sin necesidad de esa subvención. Los consumidores pueden hacer el cálculo y decidir si el ahorro en la factura eléctrica les compensa el coste de comprar un nuevo aparato en vez de reparar el viejo. El único problema es que el precio de la electricidad no recoja todos los costes. Por ejemplo, el coste ambiental.  En ese caso, desde un punto de vista ambiental, se reparan más lavadoras anticuadas de las que sería deseable. Pero la solución es que el precio de la electricidad recoja esos costes y los consumidores tomen sus decisiones. 


Efectos indeseables
La subvención puede subir el precio de las lavadoras. Se ve con claridad cuando hay una única tienda vendiendo una única marca de lavadoras. Si los consumidores pagaban 300 ahora pueden pagar 390 sin problemas. El caso no es tan extremo en electrodoméstico pero existe alguna sospecha de que las subvenciones recientes a la compra de automóviles llevaron a subidas de precios.


Diseño poco cuidadoso de la intervención.
Voy a terminar este comentario reconociendo que quizás sí existe un problema en el proceso de renovación de bienes duraderos más eficientes en el uso de la energía. Aunque el precio de la energía recoja todos los costes de producción el consumidor se encuentra antes una tesitura complicada. Puede ahorrar cinco euros al mes con la nueva lavadora pero cuesta trescientos que quizás no tenga en este momento. El ahorro de energía le permitiría pagar los trescientos euros en cinco años más algún tiempo adicional para cubrir los intereses del préstamo. El problema es que no está claro que exista un crédito al consumo por esa cantidad  y con esos pagos. Mucho menos un crédito que se le conceda a cualquiera que se le rompa la lavadora. 

El caso es que yo veo una oportunidad a cuatro bandas. La primera para la entidad bancaria que sea capaz de pensar en ese tipo de crédito. La segunda para el fabricante de lavadoras que sea capaz de incorporarlo a su proceso de ventas. La tercera para la compañía distribuidora de electricidad que sea capaz de ligar ahorros en el recibo de la luz con pagos del crédito. La cuarta para el gobierno regional que reconozca que un programa de avales bancarios que reduzcan el coste financiero de la operación puede ser más barato, llegar a más contribuyentes y tener menos efectos indeseados que dar una subvención.

Los gobiernos deberían ser más reflexivos para que no se cumpla el dicho que se le atribuye a Ronald Reagan: si funciona ponle un impuesto, si sigue funcionando súbeselo y si deja de funcionar dale una subvención.  

miércoles, 11 de agosto de 2010

El conjuro

En UW-Madison tuve la oportunidad de conocer a varias personas que habían hecho todo el recorrido desde una choza en África al laboratorio de un Premio Nobel. Una combinación de talento, perseverancia y golpes de suerte más la obsesión americana por contar con personas especiales producen ese fenómeno. Supongo que es evidente que ese tipo de personas tiene una visión muy especial del mundo y que es un placer hablar con ellos de cualquier cosa.

Una de esas personas invitó a su madre  a pasar un tiempo con él. En los primeros días de la estancia él sacó dinero de un cajero en una calle más bien oscura de Chicago. A partir de ese momento, su madre empezó a comportarse con una gran frialdad, apenas le hablaba  y le hizo saber que la estancia iba a ser mucho más corta de lo planeado. Con mucha paciencia logró averiguar cuál era el problema. Su madre le dijo que no podía creer que él conociese un conjuro que permitía sacar dinero de las paredes y que no lo compartiese con ella y con el resto de la tribu. En resumen, él tenía la solución a todos sus problemas y por alguna razón inexplicable no la compartía.   

Espero no tener que explicarle a ninguno de mis alumnos que él no tenía la solución de ningún problema. Este malentendido es de un nivel que hace que todos sonriamos con la anécdota. Pero quizás no lo deberíamos hacer porque somos víctimas de cientos de malentendidos como ese.

Vivo en una ciudad que está empezando a hacer las obras de un tranvía que cuesta unos 80 millones de euros. La cifra real es desconocida ya que el proyecto ha sufrido varios recortes pero el coste se ha incrementado con cada uno de ellos. El argumento básico a favor es que sale gratis. Podemos recorrer el país por autovías de costes asombrosos pero se dice que las autovías son gratis. Acudimos a médicos bastante bien pagados que usan equipamiento de coste astronómico pero decimos que el médico es gratis.

Yo me reí de la ocurrencia de la mujer africana porque estaba seguro de poder convencerla en unos minutos de que el cajero tenía una conexión mágica con la baldosa de casa bajo la que se guarda el dinero. No estoy seguro de poder hacer ese trabajo en varios años con los ciudadanos y menos con sus dirigentes.

Hace ya un tiempo, convencí con facilidad a mi hijo de que una máquina que pudiese imprimir lonchas de jamón sería más efectiva para solucionar el hambre que una máquina que imprima billetes de cien euros. Al poco tiempo, subió escandalizado del parque porque los jubilados estaban considerando la posibilidad de la emisión ilimitada de dinero como solución a la crisis. Estos jubilados son un caso de estudio sociológico. Son capaces de hacer asombrosas afirmaciones económicas favorables al gobierno de turno. Entiendo que la fuente de tales sinvergonzonerías es la televisión. Entre dos programas de telebasura o incluso dentro de alguno de ellos se van soltando esas consignas. Recuerdo una ya olvidada que decía que los inmigrantes habían venido a pagarnos las pensiones. La naturaleza internacional de la crisis es otra que siguen repitiendo. Alguna vez he intentado exponer mi punto de vista pero enseguida me tachan de antipatriota, de insolidario, etc.

Me he encontrado a personas con altas responsabilidades políticas y empresariales con ideas asombrosas sobre el dinero. La reacción suele ser violenta cuando les recomiendo la lectura de dos páginas de un libro divulgativo de Krugman de mediados de los años 90. No pueden creer que la cosa funcionen de esa manera tan sencilla y me replican que sería mejor que yo leyese El Capital, La Riqueza de las Naciones o Teoría General del empleo, el Interés y el Dinero. Es decir, yo les ofrezco dos páginas sencillas que podrían solucionar su problema para siempre y ellos tratan de enterrarme en miles de páginas de prosa compleja y contenido discutible.

En resumen, yo sería más benevolente con la mujer africana dado que la mayoría de nuestros ciudadanos y dirigentes tienen una comprensión muy parecida de fenómenos sencillos que afectan a su bienestar presente y futuro.  

viernes, 7 de mayo de 2010

El libro de Epi: León sin prisa.











Hace unos días tuve el placer de intervenir en el acto de presentación del libro León sin Prisa de mi amigo, estudiante y maestro Epi. La primera sorpresa llegó unas semanas antes cuando observé los títulos que me otorgaba la tarjeta de presentación del evento en El Corte Inglés: profesor de Teoría Económica y escritor.


El caso es que no me gustan los títulos en general y, en particular, no creo que estos sirvan para definir mis capacidades o intereses. Por un lado, cualquiera que lea este blog será consciente de mis limitaciones como escritor. Me gusta mucho intercambiar ideas y escribir es una manera eficiente de hacerlo pero ahí se queda la cosa. Tampoco me gusta el título de Profesor. Es un título académico que implica que me pagan por hacer cosas por las que yo debería pagar. Entre ellas, poder pensar libremente sobre temas económicos y tener el privilegio de trabajar a diario con personas jóvenes, inteligentes y trabajadoras. Sin embargo, prefiero pensar en mí como instructor de Teoría Económica. De Teoría Económica porque yo creo que no hay nada más práctico que una buena teoría. Instructor porque es el adjetivo con el que se designa al encargado de un curso en el catálogo de algunas grandes universidades. Tú tienes el título y el salario que hayan tenido a bien otorgarte pero cuando llega la hora de la verdad eres lo que eres: un instructor. Otra palabra que usan mucho los americanos y que a mí me entusiasma es entrenamiento (training). Indica que la enseñanza va más allá de leer (lecture) o memorizar unos contenidos y consiste en hacer determinadas actividades que mejoren tus habilidades. Yo creo firmemente que todo se puede entrenar y Epi, el protagonista de esta entrada, afirma que: “no hay nada que dé más suerte que entrenar mucho”.



Antes dije que Epi había sido mi estudiante porque que tuve la suerte de dirigir su trabajo de doctorado en el que usábamos modelos básicos de teoría económica y análisis empírico para entender un poco mejor el crecimiento de la ciudad de León asociado al declive de la provincia. En ese ámbito, a mí me tocaba ayudar a elegir cauces conocidos por lo que sus ideas pudiesen fluir con seguridad. Dije también que él ha sido mi maestro porque su curiosidad, energía y su intensa vida han sido una fuente de aprendizaje para mí. Por tanto, considero un privilegio el haber escuchado sus opiniones sobre múltiples cuestiones adornadas de vivencias en distintos lugares: el pueblo en la montaña, la escuela de maestros (normal), la ciudad de León, Bilbao, la facultad de Económicas de Sarriko, Londres, la universidad en Londres, etc.

Pues en esas estábamos. Me tocaba subir al estrado en una presentación de un libro en calidad de escritor y acompañando a dos escritores de verdad: Juanmi Alonso y Juan Carlos Pajares. Intenté rechazar educadamente la invitación pero Epi me dijo que le gustaría que estuviese como contrapunto y como representante de la parte de su vida ligada a la investigación universitaria y a la enseñanza de la Economía. Acepté y tardé poco en darme cuenta de que podía hacerlo si evitaba actuar como el escritor que no soy e intentaba dar la opinión honesta del lector que sí soy. Adicionalmente, tras muchos años de entrenamiento no puedo dejar de ver todo el proceso en términos económicos y pronto se me ocurrió un comentario en tal sentido.

La opinión del lector que soy sobre el libro es muy positiva ya que ha heredado lo mejor de su autor: la curiosidad, la energía, la laboriosidad, la cultura, la profesionalidad, el rigor o la capacidad de análisis. Es importante darse cuenta de que el autor podría tener esas cualidades y, sin embargo, ser incapaz de trasmitirlas a una cuartilla en blanco. Para la mayor parte de los mortales suele ser un ejercicio de humildad tratar de escribir la más simple de las ideas o sentimientos. A partir de ahí, se puede empezar a entender lo que significa escribir unos cientos de páginas describiendo lugares, gentes, historias y sentimientos en un viaje alrededor de la mitad de la provincia de León. En ese sentido, Epi ha hecho un gran trabajo escribiendo un volumen amplio, lleno de contenido pero que es ameno, que fluye y que deja al lector con ganas de retomar la lectura. Un detalle que agradezco mucho es que nunca se ha sentido en la necesidad de demostrar que es un gran escritor. No ha caído en la tentación de escribir una página recargada en la que se deja de lado el tema principal del libro para recrearse en una suerte de demostración de dominio del lenguaje. Creo que con demasiada frecuencia grandes autores sucumben a esta tentación.

El libro puede ser utilizado a día de hoy para viajar mentalmente junto a Epi desde el sofá o para viajar realmente, equipado con una más que completa guía de viaje. Por otra parte, la calidad del material y la buena escritura hace que no se pueda descartar que un día su libro pueda considerarse como una buena referencia para conocer la provincia en el inicio de siglo.

Finalizo esta entrada con el comentario económico que se me ocurrió en cuanto tuve el libro en mis manos. Los libros son objetos fundamentales en el proceso de crecimiento económico y en el bienestar asociado a él del que disfrutamos. El núcleo central de la Economía no es el dinero, ni el empleo, ni el consumo aunque todos ellos son temas de gran importancia. El elemento unificador de todos estos y muchos más temas es la escasez. Una cosa curiosa es que es difícil convencer a los estudiantes y al público en general de este aspecto ya que en notorias ocasiones parece que más que a un tema de escasez nos enfrentamos a un problema de reparto desigual. Por eso es importante recurrir a un objeto en el que la escasez es notoria y distribuida con bastante equidad: el tiempo. Los días tienen veinticuatro horas para todo el mundo y los más afortunados tienen unas pocas décadas para disfrutar de los días. Si Epi hubiese dedicado un montón de horas a departir con un reducido grupo de amigos podría haberles transmitido parte de las ideas que hay en el libro. Pero si quisiera hacer lo mismo con un segundo grupo de amigos tendría que volver a emplear un montón de horas. Sus horas son escasas y tienen que ser dedicadas a un buen número de actividades. Sin embargo, al escribir un libro las horas que usó para escribirlo sirven para un lector o para un millón. Es decir, el libro multiplica automáticamente el número de horas que Epi dedicó a escribir el libro por el número de lectores. De este modo, uno puede ir a la biblioteca pública, pedir prestado un libro de, por ejemplo, Newton y compartir con él unas horas. A pesar de que su tiempo en este mundo fue escaso y se agotó hace varios siglos. La transmisión de ideas, sobre todo si es por métodos tan eficientes como la escritura, multiplica casi indefinidamente algo muy escaso como es el tiempo de las personas con talento. Esta circunstancia es lo más cerca que los procesos productivos han llegado a la bíblica “multiplicación de los panes y los peces” y es una parte fundamental de nuestro progreso y bienestar creciente al eliminar la escasez de algo tan importante como son las ideas.